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Enrique Castro es programador PHP y un destacado ciberactivista. Analista de comunicación política en Internet. Escribe habitualmente en su weblog El viento rozando mi cara
Ahora también es colaborador de Nación Red.
Disclaimer: el presente artículo no es un publireportaje. Pretende el autor demostrar que en Galicia se pueden hacer cosas más productivas y sostenibles que el turismo, el funcionariado, el Apostol y la “gaita”. Por lo tanto omitiré marcas de empresas privadas para que no exista ningún tipo de susceptibilidad al respecto.
Santiago de Compostela es la capital de Galicia aún a pesar de los “debates subterráneos” que la política ejerce sobre el papel de esta hermosa ciudad. No obstante, en volumen y densidad poblacional además de por su contribución al PIB, A Coruña y Vigo siendo las que más aportan, tienen sus singularidades, que lejos de fortalecerse, tratan de “abarcar” más sobre las demás, generándose un gasto corriente público entre las 7 principales ciudades de Galicia, que hacen de la economía gallega, un terreno plagado a un valor cultural sobre la propiedad, el minifundismo, como algo muy negativo y menos sostenible en los tiempos de crisis que estamos atravesando. Por ello, creo que una de las principales metas que la sociedad gallega debería establecer para ser más competitiva, consistiría en erradicar esa visión minifundista de lo local.
En este contexto de cosas, Santiago de Compostela es conocida por sus cuatro singularidades que está reflejadas en la Praza do Obradoiro. La Catedral representa el carácter clerical y eclesiástico que la ciudad siempre ha representado. Por otra parte el Pazo de Fonseca, sede del Rectorado de la Universidad Compostelana de larga tradición representa el conocimiento. El Hostal dos Reis Católicos representa el turismo como el principal motor de la economía local. Y por último el Pazo de Raxoi, sede del Concello de Santiago y el despacho oficial del Presidente de la Xunta de Galicia como el sector público o el funcionariado. Por lo tanto, la Capital de Galicia, a través de la Praza do Obradoiro nos muestra un modelo de economía y relaciones sociales tradicionales, que sin entrar en valoraciones positivas o negativas, frenan aparentemente nuevas realidades que emergen por la fuerza de los tiempos y el impulso de las personas.
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